domingo, 30 de marzo de 2014

Doctor Krupov. El guiño ruso a la sinrazón.


Editorial Ardicia. Portada de Frida Stenmark.

Esta semana, para despedir el mes, nos gustaría salirnos un poco del marco terapéutico en el que los profesionales tendemos a encasillarnos, acomodados en la inagotable teoría, aturdidos por los lances de la consulta diaria. Haremos para ello una pequeña incursión literaria de la mano de varios compañeros de excepción.

 Nunca es mal momento para mirar más allá del propio ombligo, pero es probable que en este marzo del catorce hasta el más desinformado se haya visto más o menos obligado a contemplar el regreso a los escenarios de ese personaje eterno de la Historia que viene siendo Rusia, nuestro nebuloso antihéroe de referencia.

Vía: http://www.mrgrayhistory.com/

Desde luego, algo tiene ese gélido, inmenso, espinazo del planeta que parece obligarnos a la introspección, casi nunca amable. Primero a través de los gigantes de la novela psicológica, más tarde exportando la utopía socialista. Ahora, el viento del norte nos trae los improbables amagos de una regeneración nacional con regustos imperiales. Parece el destino de los rusos señalar las contradicciones más profundas de nuestra condición de ciudadanos pretendidamente libres, supuestamente racionales, autodenominados Occidentales.

Coincidiendo con este despertar invernal, la joven Editorial Ardicia publica una de aquellas afiladas miradas rusas, titulada Doctor Krupov. La breve novela adopta nombre de psiquiatra, pero su contenido ilumina intuiciones perennes, cuyas implicaciones desbordan a la psiquiatría, aunque basen su discurso en ellas.



 Para analizarlas contamos con la colaboración de Alberto Fernández Liria, uno de las mentes más activas y lúcidas a la hora de enmarcar, comprender y practicar la profesión de psiquiatra dentro de su contexto social.
El doctor Fernández Liria, además de ser director del Área de Gestión Clínica de psiquiatría y salud mental del Hospital Universitario Príncipe de Asturias, codirige el máster universitario de Psicoterapia Integradora de la Universidad de Alcalá de Henares. No es exagerado decir que a él debemos la esencia de nuestra formación como psicoterapeutas, y por ello es un doble placer que nos permita compartir sus reflexiones desde este espacio.
Por este motivo, desde aquí le damos la palabra y enviamos un sincero agradecimiento.


Alexandr Herzen. Doctor Krupov. Madrid: Ardicia, 2014.

Retrato de Alexandr Herzen. Nicolai Ge. (Fragmento)
Herzen fue probablemente el mejor representante del exilio romántico ruso. Propugnó una suerte de revolución populista que le pareció que podía ser protagonizada por las masas campesinas. En sus recorridos europeos fue compañero de otros escritores exiliados rusos como Turgeniev u Ogarev y de revolucionarios como Bakunin o Marx con quienes departió, debatió y compartió, y a los que acogió, financió y publicó cuando fue necesario. Con ellos vivió la primavera de las revoluciones que conmovieron Europa en 1848. De su vida, desmesurada, tormentosa y a su modo ejemplar, han dado fe el prolífico Carr y recientemente en nuestro país, en un entretenido volumen con resonancias de Stefan Zweig, Enrique López Viejo, que también prologa la obra que comentamos. La muerte le alcanzó sin darle tiempo, por unos meses a ser testigo del nuevo estallido revolucionario que dio lugar a la Comuna de Paris. Entre sus admiradores declarados figura León Tolstoi.

Doctor Krupov es un escrito de poco más de cuarenta paginas en el que – en una maniobra que siglo y medio después hubiéramos podido tildar de borgiana - Herzen se transmuta en el Doctor Krupov para compartir con los lectores algunas de las ideas contenidas en su supuesta gran obra Psiquiatría comparada.

Ejecución de los Streltsy. Vasily Ivanovich Surikov.
Lo que probablemente pretendía Herzen con este artificio literario era hablar de la sociedad desde la perspectiva que puede dar el contacto con las personas a las que llamamos locas – algo, por cierto, que los psiquiatras parecemos empeñados en dejar de hacer desde que la Década del Cerebro nos envenenó la mente. Quizás sin quererlo hizo algo más. Por lo pronto, nos dejó un especie de retrato robot de la Psiquiatría y de los prejuicios sobre la locura y quienes la encarnan del momento. Pero además, y aquí no cabe imaginar que actuara sin intención, esbozó u especie de programa para una antipsiquiatría o psiquiatría crítica que no vio la luz porque, al fin y al cabo, el Doctor Krupov era un personaje de ficción y el verdadero autor, a los 35 años, estaba preparándose para salir al exilio mientras el texto pasaba de la censura zarista a las galeradas.

El Doctor Krupov nos ofrece su sugerente listado de “indicios principales de la alteración de las facultades mentales” consistentes en:
  1. La conciencia incorrecta e involuntaria de los elementos circundantes
  2. La obstinación patológica, empeñada en conservar esta conciencia incluso con daño evidente para el enfermo; y de aquí
  3. El esfuerzo torpe y constante por conseguir objetivos poco importantes, y el descuido de los verdaderos objetivos”
Vía: http://www.soviethistory.org/index.php
Pero no se resiste a explorar lo que ocurriría si aplicara estos principios al estudio del comportamiento de determinadas figuras sociales. Así, estudia pormenorizadamente las similitudes y diferencias entre dos instituciones como son el manicomio y el tribunal médico municipal (que resultan diferenciarse, sobre todo, por la forma en que se ingresa en una y otra institución porque ambas acaban ejerciendo su efecto sobre sus integrantes de un modo semejante) y se ocupa a continuación de “otros habitantes de la ciudad”. Muchas de las ideas que los críticos de la psiquiatría de los años 60 y 70 del pasado siglo y de los actuales sustentadores de la llamada “Psiquiatría Crítica” están allí esbozadas.

El Doctor Krupov no se priva de utilizar sus observaciones para fundamentar una propuesta terapéutica. Por eso nos recuerda que:

   “Tenemos ya valiosas observaciones a propósito de la posibilidad de mejorar químicamente y modificar la parte espiritual (…). Así por ejemplo, la aplicación conveniente del tratamiento con champán predispone al individuo a la amistad, al valor, al sentimiento de alegría a a los abrazos desbocados.
      El borgoña, aunque actúa exactamente de la misma manera (…) produce un efecto absolutamente distinto: el individuo se vuelve lúgubre, insociable, más dado a los celos que al amor, más al arrepentimiento que al deleite, más al llanto por los pecados de este mundo que a la indulgencia.”

Alberto Fernández Liria
Psiquiatra

domingo, 23 de marzo de 2014

¿Funciona la psicoterapia de grupo? Unidos por el cambio

 Es frecuente que los pacientes nos planteen en la consulta sus dudas acerca de la eficacia de la terapia de grupo. Muchos piensan que es una forma un tanto diluida de tratar su problema, que identifican como tan complejo que requiere de toda la atención del terapeuta. O temen que por características personales como la timidez no puedan expresarse con comodidad y libertad. Otra situación frecuente es la duda antes de empezar, o la sensación inicial de que no se identifican con el resto de pacientes, o que las historias dolorosas de otros les sobrepasarán.

La psicoterapia de grupo es una técnica utilizada desde hace décadas, y cuya eficacia se ha demostrado al menos tan efectiva como la psicoterapia individual en varios trastornos mentales. En algunos de estos trastornos muchos profesionales ya no piensan que sea tan efectivo como el tratamiento individual, sino que consideran que es indispensable para la recuperación, y ocupa un lugar central en el plan de tratamiento. Este sería el caso de las Adicciones, Trastornos de Personalidad y Trastornos de Conducta Alimentaria entre otros.


Pero además, en el contexto de la asistencia sanitaria va en aumento la utilización de grupos especializados de tratamiento. Este sería el caso de grupos educativos y de apoyo para familiares o para para pacientes con enfermedades somáticas crónicas. En los últimos años han proliferado los grupos educativos para la diabetes, grupos para familiares y cónyuges en enfermedad de Alzheimer, apoyo para pacientes oncológicos, rehabilitación tras infarto de miocardio, etc.
De hecho, como curiosidad histórica, uno de los pioneros de la terapia de grupo fue un internista de Boston llamado Joseph Pratt, quien en el año 1905 puso en marcha un grupo para educar y tratar a pacientes afectados de tuberculosis, y que por lo general carecían de recursos económicos para costearse el tratamiento convencional.

Aspectos claves del éxito de la terapia de grupo:

Hay un acuerdo generalizado en cuanto a la premisa de que la personalidad y la manera de actuar de cada individuo son el resultado de las relaciones significativas con otros seres humanos, especialmente las más tempranas. Un desarrollo psicológico saludable y adapativo tiene que ver con los vínculos sólidos establecidos a lo largo de la vida. Existen casos famosos de “niños salvajes” que han sido objeto de estudio por profesionales de la psicología y la sociología, y en los que se ha destacado el papel fundamental de las relaciones humanas para adquirir plenas facultades de lenguaje, comunicación, sentimientos...
La psicoterapia de grupo proporciona la oportunidad de analizar y revivir nuevas relaciones gratificantes con los demás. El terapeuta ayuda a ello señalando y reforzando el significado y los efectos de las interacciones entre los miembros del grupo. Esto permite a los integrantes tomar conciencia de sus aquellos comportamientos problemáticos, y aprender nuevas formas de relacionarse.
Otro aspecto importante de la psicoterapia de grupo es la necesidad humana generalizada de vivir experiencias de pertenencia a un grupo, conexión y apoyo. En nuestra sociedad cada vez se hace más difícil conseguir estas experiencias de forma natural, existe una tendencia al aislamiento y a establecer unos vínculos más líquidos que sólidos. Esta circunstancia explicaría también en parte la proliferación de grupos fuera del ambito sanitario, como por ejemplo los grupos de padres divorciados.


Factores terapéuticos:

Este post está muy inspirado en el libro Guía breve de Psicoterapia de Grupo de Sophia Vinogradov e Irvin D. Yalom. En él se enumeran una serie de aspectos concluídos a partir de la investigación para explicar el funcionamiento de la psicoterapia de grupo obtenidos de cuestionarios dirigidos a pacientes, terapeutas y observadores cualificados. Estos serían los puntos aceptados por los que la psicoterapia de grupo resulta un tratamiento exitoso complementado o no con la terapia individual:

  1. Proporcionan esperanza, especialmente mediante los testimonios de curación.
  2. Experiencia de que el problema no es único, universalidad.
  3. Transimitir información, ya sea conocimientos técnicos por parte de los profesionales o consejos de los miembros del grupo..
  4. Experiencia altruista.
  5. Desarrollo de técnicas de socialización.
  6. Aprendizaje vicario por el comportamiento imitativo.
  7. Catarsis, entendida como expresión y liberación de emociones y aceptación incondicional.
  8. Recapitulación de conductas sociales aprendidas y toma de conciencia de las mismas.
  9. Trabajo de factores existenciales comunes a todos los humanos como la muerte, la libertad, la carencia de sentido...
  10. Cohesión. La necesidad humana del sentido de pertenencia y de apoyo.
  11. Aprendizaje interpersonal.

Saber qué tipo de tratamiento o intervención es la más adecuada para cada paciente dependerá siempre de la evaluación del problema que un profesional sanitario haya realizado. Lo más beneficioso en la mayoría de los casos suele ser que además de la psicoterapia de grupo se le añada el complemento de la terapia individual, que también servirá para guiar al paciente en las conclusiones y aprendizajes que obtenga de las sesiones grupales.
Como hemos visto, existen aspectos de la psicoterapia de grupo que aportan más beneficio a aquellos pacientes cuyos problemas se ponen más de manifiesto en la interacción con otras personas, y que no se pueden obtener en la consulta únicamente con el terapeuta.


domingo, 9 de marzo de 2014

La trampa para monos

    1) Cazando monos
Cazar un mono no es cosa sencilla. Estos peludos animales son famosos por su curiosidad y espíritu juguetón, lo cual los lleva muchas veces a aproximarse a los humanos. Pero es de sobra conocido que también son desconfiados, astutos, ágiles y no escatiman hostilidad si se sienten amenazados. Por eso reza un dicho africano: "hace falta mucha paciencia para cazar un mono".

Sin embargo en algunas regiones del mundo han diseñado un método bastante efectivo para resolver este desafío. En algunas islas del Pacífico emplean un coco para fabricar una trampa, mientras que los bosquimanos de África horadan la superficie de los termiteros para atrapar al mono. Ambos sistemas se basan en un mismo principio, que queda ilustrado en el siguiente video:



La idea es sencilla. El cazador de monos introduce algún tipo de alimento apetecible para el bicho (nueces, arroz, un plátano...) en un recipiente u orificio lo suficientemente amplio como para que el animal vea que ahí se esconde algo apetitoso y pueda introducir la zarpa. Sin embargo, el tamaño de dicho orificio es tal que, cuando el mono hace presa y cierra el puño, no puede extraer la zarpa con el puño cerrado. Lo interesante aquí es que el mono tampoco parece ser capaz a renunciar a aquello que le va a condenar cuando, con total tranquilidad, el cazador se aproxime al frustrado animal y se haga finalmente con él.

Desde el punto de vista humano la trampa es ingeniosa, pero para nosotros no plantearía un gran problema. Los humanos rápidamente captamos el mecanismo de la trampa y su obvia solución: soltar el alimento, al que a partir de ahora llamaremos "plátano". ¿Pero es cierto que siempre empleamos la estrategia adecuada o a veces tenemos problemas para renunciar al plátano?

    2) Soltando el plátano
Una de las principales diferencias entre los monos y nosotros es que nuestra especie ha desarrollado una mente relativamente capaz de viajar en el tiempo. Viajamos al pasado (memoria mediante) a fin de evocar situaciones en las que nos hemos desenvuelto con más o menos éxito, de tal forma que esa experiencia nos sirve para guiar la conducta en el presente. Viajamos al futuro simulando realidades posibles, previendo situaciones que podrían darse si hiciéramos esto o aquello. Somos incluso capaces de proyectar nuestra propia mente en el futuro, anticipando cómo nos sentiríamos nosotros (o los demás) en caso de que actuemos de tal forma y los acontecimientos se desarrollen en una u otra dirección. Los más sensibles pueden incluso despertar parte de las emociones vinculadas a algo que sólo ha sucedido en nuestra cabeza. Este tipo de "viaje en el tiempo" es la esencia de la conducta planificada, y tiene su asiento neurobiológico en circuitos ubicados principalmente en la corteza prefrontal de nuestro cerebro.

Corteza Prefrontal (en rojo). Vía Antroporama.Net
Sin embargo, a pesar de lo bien que suena todo este aparataje y de que ciertamente ha supuesto la diferencia frente al resto de especies animales, esta habilidad de planificación tiene sus limitaciones. Al tratarse de los circuitos más recientes desde el punto de vista evolutivo resulta que son también los más precarios y sensibles, alterándose mucho antes de que comiencen a fallar funciones más básicas. Además, dichos circuitos dependen en gran medida de señales emocionales que pueden ser fácilmente distorsionadas en función de circunstancias tan variables como aprendizajes previos, nivel de estrés en un momento dado, tipo e intensidad del estímulo, etcétera. Esta intervención de las emociones en los procesos de planificación nos hace ágiles a la hora de tomar decisiones inmediatas relacionadas con funciones básicas de nutrición, relación, alimentación... pero resulta problemática cuando debemos analizar friamente y a largo plazo escenarios complejos como aquellos en los que nos desenvolvemos hoy en día.

Aquí observamos cómo el estrés no favorece la planificación a medio plazo. 

Es interesante recordar que uno de los signos de daño en las regiones frontales del cerebro, presente en algunos tipos de demencia, consiste en la aparición indiscriminada del reflejo de prensión. Eso quiere decir que uno no puede dejar de agarrar lo que tenga entre manos. Cuando los médicos sospechamos daño cerebral en la región frontal recurrimos (entre otras) a la siguiente prueba: se le pide al paciente que extienda sus manos abiertas frente a nosotros. Se le da la siguiente instrucción: "no agarre mis manos", e inmediatamente el examinador posa sus manos sobre las palmas abiertas del examinado, estimulándolas. Las personas que sufren algún grado de deterioro frontal automaticamente tienden a cerrar las manos, contraviniendo la orden dada. Si no se trata de una broma (y la gente no suele bromear en el neurólogo o el psiquiatra) lo más común es que nos encontremos ante la liberación de un reflejo básico, reflejo que sólo podemos inhibir si nuestra corteza frontal se encuentra adecuadamente conservada.

Es por esto que los monos no son capaces de soltar el plátano. Sus mecanismos de supervivencia, en comparación con los nuestros, están demasiado orientados al corto plazo. Al no poseer circuitos prefrontales no son capaces de evaluar de forma global lo que está pasando, ni simular el escenario alternativo en que sueltan el plátano y recobran su libertad.

Pero la incapacidad para soltar el plátano no sólo aparece cuando carecemos de corteza prefrontal o cuando ésta se ha dañado como consecuencia de accidentes cerebrovasculares, consumo de alcohol, de cocaína... Como hemos dicho, las emociones juegan un papel fundamental , induciendo conductas rápidas dirigidas a la supervivencia. O lo que es lo mismo, estimulando decisiones basadas en el beneficio a corto plazo.

    3) El papel del síntoma
 Los psicoanalistas siempre señalaron que cualquier síntoma mental tiene dos caras. Por un lado el síntoma genera malestar, sufrimiento. Esto es insultantemente evidente, y el paciente lo hace visible a través de la queja. Por otro lado el síntoma puede tender a mantenerse en el tiempo, lo cual ya es más complicado de entender. Si el síntoma perdura, postulaban, debe ser porque cumple algún tipo de función o aporta algo beneficioso a quien lo presenta, aunque dicho beneficio casi nunca quede claro a primera vista.

El síntoma, de alguna manera, funciona como la trampa para monos. Según los ejemplos que empleemos esto será más o menos fácil de mostrar. Imaginemos una persona que desarrolla una intensa fobia a los ascensores tras quedar un dia encerrada en uno de ellos. Si esta persona, pasados unos meses, sigue presentando tanta ansiedad que no puede ni acercarse a la puerta de un ascensor, dicha ansiedad estará generando malestar subjetivo (además de la molestia de tener que usar diariamente las escaleras). Sin embargo, cada vez que la ansiedad se active, la persona se alejará de algo todavía peor: la escena temida de encontrarse de nuevo dentro del ascensor. Cada vez que la ansiedad le aparte de un ascensor, este síntoma habrá tenido un efecto parcialmente satisfactorio. Por ello tenderá a mantenerse hasta que surja el firme convencimiento (y paso al acto) de que vale la pena renunciar a esa satisfacción para, entre otras cosas, recuperar el pequeño espacio de libertad que el miedo le arrebató.

El ejemplo de la fobia a los ascensores es muy simple, casi una caricatura. Pero su esencia encuentra resonancia en múltiples situaciones de nuestra vida diaria, no siendo raro que la trampa para monos aparezca en nuestras consultas: un malestar nos atrapa, nos hace la vida imposible, nos pone incluso en peligro, pero algo dificulta enormemente su desaparición. El malestar, el síntoma, lleva consigo una parte a la que nos cuesta renunciar, generalmente sin saber exactamente por qué.

Ocurre en las adicciones, donde quizás una recaída postponga la siempre difícil reincorporación a un trabajo hostil. Ocurre en las dinámicas familiares enrarecidas, en las que uno de los miembros tiende a convertirse en un "problema" cuando la unidad familiar amenaza con disolverse. Tiene lugar cuando racionalizamos excesivamente una situación, evitando que entremos en verdadero contacto con emociones demasiado dolorosas, de las que sólo podemos sentir en silencio. Nos atrapa cuando comprobamos algo obsesivamente a fin de calmar nuestras dudas, aunque surjan de nuevo al rato. La mente, siempre trabajando entre bambalinas, busca la manera de mantenernos a salvo. Para ello puede utilizar como material el síntoma, construyendo con él una inesperada barricada.

Esto no quiere decir que los síntomas se provoquen, o que se mantengan voluntariamente. Cuando, como a veces pasa, los familiares o amigos de un paciente afirman en tono de reproche "parece que te guste estar mal", ocurre que están captando de forma intuitiva la esencia de la trampa para monos, es decir, una resistencia que tiene que ver con alguna función oculta que el síntoma está desempeñando y a la que no es fácil renunciar. Ante estas acusaciones el paciente tiende a reaccionar airadamente, y no es para menos. Es erróneo atribuirle al síntoma una intencionalidad. Por lo general uno no es consciente de la trampa en la que se coloca, ya que ésta no da la cara a través de la palabra ni sería aceptable desde un punto de vista racional. ¿Quién querría estar mal? Pero, bien examinado, no será difícil de detectar que el beneficio del síntoma probablemente nos esté atrapando a través de emociones tan comprensibles como el miedo, el alivio, o la satisfacción de ocupar un lugar central.

Copyright, Fox Searchlight Pictures. 2006.

Ciertamente no es fácil soltar el plátano. Principalmente porque, en medio del malestar y del sufrimiento, ni siquiera somos conscientes de que lo tenemos bien agarrado. Hacer esto visible es gran parte del objetivo de la terapia. Pero luego ha de llegar lo más importante. Hacer algo diferente, soltar el plátano es lanzarse al vacío de una segura incomodidad. Habrá que apoyarse en todos los recursos que tengamos a mano y recordarnos día tras día que esta decisión es la única que tiene sentido a largo plazo. Porque, en cierto sentido, nunca hemos dejado de ser monos: para nosotros las emociones tienen una enorme fuerza, pero las patas bien cortas. Apenas pueden seguir a la mente en sus viajes al futuro, por lo que siempre colorearán más aquello que se nos presente como inmediato y tangible, por mucho que a la larga sea perjudicial. Ser consciente de esto es el primer paso hacia cualquier cambio real. 



domingo, 2 de marzo de 2014

Come y calla, por favor... es por tu bien

Hace tiempo que queríamos escribir un post dedicado a los Trastornos de conducta alimentaria, ya que en forma de anorexia, bulimia, trastorno por atracones o formas mixtas... constituyen un elevado porcentaje de las consultas en salud mental, y su cronificación supone un grave problema de salud física y psíquica que con frecuencia acaba incluso con la muerte de estos pacientes.
Se trata de un problema de salud que en las últimas décadas ha experimentado un más que notable ascenso, llegando en los últimos años hasta cifras de prevalencia de entre el 4,1 y el 6,41% (datos de la Guía de Práctica Clínica del Servicio Nacional de Salud). Afecta sobre todo a mujeres, debutando en la franja de edad de los 12 a los 21 años, y siendo la tradicional relación entre sexos de 10:1 (mujeres/varones), aunque con un incrementeo cada vez más notable de casos entre los adolescentes y adultos jóvenes varones.


Es frecuente escuchar continuas alusiones al estilo de vida occidental, el indivudialismo que nos asola, la idealización y deificación de la imagen, los potentes intereses económicos de la industria cosmética... Hay quienes dicen que los trastornos de la conducta alimentaria son un producto de nuestro modo de vida, y que no se encuentran apenas en sociedades donde la escasez y el hambre son una constante. ¿Son entonces producto de nuestra sociedad consumista?
Las primeras descripciones de estos trastornos aparecieron en el siglo XIX. Lasègue y Charcot pensaban que la anorexia era una modalidad de histeria. El psicoanálisis freudiano consideraba este trastorno como una regresión a la infancia en personas que niegan su rol femenino. Janet lo plantea más como una obsesión morbosa hacia el cuerpo. López Ibor lo considera una forma de depresión, y algunos autores han visto estas enfermedades como modalidades de trastornos psicóticos planteando tratamientos que van más en la línea de dichas afecciones.

Lo que vemos en nuestras consultas:

Nuevamente la parte lógica de nuestra mente, y nuestra tendencia analítica en el modelo causa-consecuencia están condenadas al fracaso en este tipo de trastornos. Algo parecido a lo que sucede en la comprensión de las Adicciones, de las que hablábamos largo y tendido. Uno esperaría encontrarse pacientes casi delirantes, o sin el casi. Podemos explicarles mil veces sin resultado que si no comen las posibilidades de dañar su riñón, aparato digestivo, corazón, piel, cerebro... todo su cuerpo en definitiva son elevadísimas. Y lo mismo para las pacientes cuyo problema está en un círculo vicioso sin fin entre el vómito u otras conductas de purga y el atracón.
La mayoría de los pacientes son chicas o chicos sorprendentemente lúcidos e inteligentes. No es raro que los padres, desesperados, nos repitan varias veces: “si es listísima, saca excelentes notas, no vea usted cómo hablan de ella sus profesores y compañeros, entonces ¿por qúe hace esto?”.
Mismos síntomas en pacientes que por otro lado constituyen un grupo muy heterogéneo entre sí. Tras esa amalgama de síntomas los que nos dedicamos al tratamiento de estos trastornos intuímos que hay mucho ahí debajo, como lo han descrito algunos (Gordon, 1994): “los trastornos alimentarios son una percha donde se cuelgan malestares diversos”.


En su excepcional libro titulado “Mito, narrativa y trastornos de la conducta alimentaria”, Paco Traver nos cuenta cómo evolucionó su acercamiento al tratamiento de estos trastornos, desde la ignorancia y falta de experiencia inicial hasta sus conclusiones basadas en la observación de tantos y tan diferentes casos.
Los cambios sociales, las nuevas formas de organización familiar y social por supuesto contribuyen a que la adolescencia, etapa difícil por definición, tenga que lidiar con nuevas dificultades y quizá menos apoyos para esa complicada transición a lo que será la vida adulta. Es en esa etapa donde los chicos y chicas ponen en juego su temperamento (nuestra parte más biológica, heredada) y carácter (parte de la personalidad adquirida con el ambiente, experiencias y aprendizaje). Y aquí no todos salen airosos.

Como dice Traver:Cada persona parece actuar de un modo idiosincrásico siguiendo ciertas guías culturales para la expresión del sufrimiento, sólo existe un modo finito de posibilidades de sentir, sufrir, amar o ser, y todas ellas se encuentran en la cultura. Las enfermedades siguen guías de expresión legitimadas por la cultura en que se contextualizan, las enfermedades, sobre todo las enfermedades mentales, siguen patrones culturales”. Este aspecto explica en parte el aumento masivo de estos trastornos, ya que los seres humanos crecemos y aprendemos imitando conductas. Igual que en la Edad Media era legítimo y creíble encontrarse poseída por el diablo, ahora lo es tener un trastorno de conducta alimentaria.


Es cierto que entre tanta heterogeneidad, existen rasgos comunes en los pacientes afectados por estos trastornos. Algunos de ellos serían:
  • Tendencia a la obsesividad y rigidez mental en los pacientes con anorexia
  • Frecuente impulsividad en los casos de bulimia
  • Elevada autoexigencia y perfeccionismo
  • A veces encontramos también en estos pacientes patologías añadidas como trastornos de la personalidad o trastornos adictivos.
  • Está descrito que en algunos pacientes hay historia previa de trauma psíquico o abusos sexuales. La experiencia clínica indica que para nada es la norma, a veces las propias dificultades normales de la transición de etapa vital, y causas universales de sufrimiento humano son el desencadenante de la aparición de estos problemas.

Existe hoy en día una notable alarma social por estos trastornos, y no es para menos. Sus consecuencias potencialmente letales han sido recogidas por los medios de comunicación en espectaculares casos de muerte por inanición, muchas veces en reconocidas personas del mundo de la moda.
Las personas con un trastorno alimentario en general se sienten muy incomprendidas, ya que no es extraño que se les tilde de personas caprichosas y masoquistas. Pero la solución a sus problemas, sean lo que sea que perciben ellos no va a estar en el “come y calla”. Cuando el trastorno se instaura, la narrativa del problema se ha afianzado en la mente del paciente, y suele ser perfectamente entendible y trabajable en psicoterapia. Si el trastorno evoluciona y se cronifica en el tiempo, asistimos en muchas ocasiones a lo que podría llamarse un modo de vida y una identidad de la persona cuyo eje central es la conducta alimentaria. Además, las alteraciones físicas y metabólicas pueden llevar a lesiones irreversibles en órganos vitales, y terminar afectando seriamente funciones mentales como la atención, memoria, planificación, etc. Y en ese punto, incluso el mejor psicoterapeuta que podamos imaginar lo va a tener muy complicado. Como siempre decimos, y en estos casos por supuesto, la prevención salva vidas, no nos quedemos con la duda de lo que puede estar pasando.