domingo, 6 de noviembre de 2016

Necesito un informe

Reflexiones desde nuestro lado de la mesa, con Pablo Malo.

1. Un derecho en auge

    Erika Jong se quejaba de que en la cama nunca hay dos personas. En sus mentes siempre les acompañan los padres, antiguos amantes y rivales reales o imaginarios. En otras palabras, terceras partes tienen interés en el posible resultado de una relación sexual.

    Pues bien, podría decirse que en la consulta psiquiátrica nunca hay sólo dos personas y que terceras partes tienen también interés en el resultado de la relación terapéutica. La consulta a menudo se convierte en una especie de camarote de los hermanos Marx en el que van entrando sucesivos personajes, haciendo uso para ello de una curiosa puerta de atrás: el informe clínico.

" A night at the Opera". 1935. Metro-Goldwyn-Mayer Syudios.
    
Por extraño que parezca, esta puerta trasera al interior de la consulta cada día se abre con mayor frecuencia. Muchos de los profesionales que trabajamos en la sanidad pública tenemos la sensación de que la solicitud de informes va en progresivo aumento. Quede claro de antemano que cualquier paciente tiene derecho a solicitar un informe actualizado a su médico o terapeuta cuando lo crea conveniente. Pero este derecho inevitablemente consume una parte considerable del recurso más preciado que tenemos: el tiempo. Es por ello que sería bueno saber por qué se ejerce cada vez más.

2. ¿Para qué sirve este papel?

     El informe, ya sea largo o conciso, no es más que un escrito en el cual el profesional da fe de un conjunto de datos clínicos, de entre los cuales habrá tres que serán los más relevantes: un diagnóstico, un pronóstico y unas recomendaciones terapéuticas.

    ¿Y para que sirve un informe exactamente? Pues eso ya depende de quien lo solicite. Como señalábamos antes, la aparente intimidad de la consulta puede verse invadida por toda una gama de personajes, entre los cuales podemos encontrar al propio paciente pero también a otros más o menos periféricos: el empleador, la mutua o el INSS para ver cuándo puede el paciente volver a trabajar, la Universidad para saber por qué no ha ido a clase, la oficina del paro para saber si puede hacer cursos y por qué no acudió a la última cita de revisión del paro, el abogado del paciente que necesita especificar los síntomas que le ha generado al paciente el acoso o maltrato de su jefe, la dirección general de tráfico que quiere saber si puede conducir, la unidad de valoración de discapacidades, la valoración de dependencia, etc, etc, etc.

    Ojo, no se trata de que estos personajes periféricos se personen solicitando un informe, sino que es el propio paciente quien lo pide por requerimiento de aquéllos o por propia iniciativa.

   Aquí exponemos un desglose de peticionarios de una de nuestras consultas, a lo largo de 3 meses:

Fuente: solicitudes registradas en una agenda del Centro de Salud Mental Almendrales, Madrid. Número de informes: 49. Periodo: 3 meses (60 días laborables). Ritmo de solicitudes: 1 cada 1,22 días. Los informes a "petición propia" no indicaron motivo o únicamente indicaron preferencia personal por disponder el informe, sin aportar otros datos.

    De entre todo este plantel, curiosamente, quizás sea al propio paciente a quien de menor utilidad directa le resulte el informe, por lo menos en el abordaje de su patología. Esto tiene un sentido y es que, como ya abordamos en otra entrada anterior, lo que necesita una persona que sufre no es tanto un diagnóstico como una explicación en un lenguaje que pueda hacer propio. El lenguaje técnico, el de los diagnósticos expuestos en informes, no es adecuado para comprender. Por eso debiéramos considerarlo algo parecido al instrumental quirúrgico: algo que usan los profesionales para trabajar, cuyos beneficios llegarán al paciente de forma indirecta. Al mismo tiempo cualquier profesional sabe no tomarse demasiado al pie de la letra el idioma técnico de los diagnósticos. Se trata de una forma de hablar que nos sirve para resumir mucha información en unos pocos términos, a modo de un boceto, para hacernos una idea, pero no para trabajar de forma individualmente provechosa.

    Pero si el informe le sirve para relativamente poco al paciente en la mejora de su patología, ¿por qué cada vez lo solicita más?

3. El informe como lubricante social

   Vivimos en un entorno de altísima complejidad organizativa. Cada día interactuamos con ciudadanos a título individual, empresas, instituciones públicas y privadas, organismos de la administración, asociaciones civiles... Podemos imaginar a cada uno de estos agentes como un engranaje de diferente tamaño, encajado en una enorme maquinaria cuyo fin no alcanzamos a ver. Su finalidad, su objeto, podemos intentar adivinarla, pero únicamente si ampliamos el foco más allá de los dientes de los engranajes con los que puntualmente entramos en contacto.

"Modern Times". © 1936 - Warner Bros. All rights reserved.
El día a día de una sociedad como la nuestra, por mucho que lo disimule el hábito, no es necesariamente la forma más útil o sana de regular las interacciones entre agentes. Simplemente es la única que tenemos en un momento dado. El sistema sanitario, en nuestro país, juega un papel cada vez más importante en el mantenimiento y correcto funcionamiento de esta enorme maquinaria social, a pesar de las continuas restricciones presupuestarias y descapitalización humana que viene padeciendo.

¿Qué le está ocurriendo entonces a esta maquinaria para que los informes clínicos estén ganando relevancia y deseabilidad? Pues como sucede en las dinámicas complejas, diferentes factores confluyen de forma no planificada para generar una estructura de incentivos o (como diria Paco Traver), un creodo. Al final de este sumidero se encuentra el despacho del profesional sanitario. Vamos a terminar señalar algunas de las claves que nos parecen más relevantes en este asunto:


4. Precarización, claudicación estatal y valores a la deriva

Ilustr. vía https://friendtoyourself.com
    Un porcentaje cada vez mayor de las consultas atendidas en Salud Mental tienen que ver con el padecimiento vinculado al malestar cotidiano: estrés laboral, conflictividad familiar, declive físico incompatible con el nivel previo de funcionamiento... La crisis económica sólo ha acelerado este proceso, dado que las exigencias de productividad se mantienen o aumentan en este entorno post-burbuja, lo cual equivale a pedir más por menos a cada trabajador. Esto, y en consulta lo vemos claramente, acaba teniendo tarde o temprano repercusiones sobre la salud mental y física de las personas aunque el empleador no esté incentivado para reconocerlo.

    Tratar este malestar supone “poner un parche” que permite a las personas mantener la misma rutina que provocó el “trastorno” durante más tiempo, generalmente porque no existe una alternativa mejor o viable en el corto plazo (cambiar de trabajo, denunciar una situación de acoso, etc). Esto genera una demanda ingente de psicofármacos que mitigan el malestar, pero no abordan su origen.

Agotado el “colchón” psicofarmacológico el malestar puede mantenerse o agravarse. Cuando el funcionamiento habitual sea inasumible serán los demás engranajes (empleadores, proveedores de ayudas sociales, tribunales) los que requerirán una justificación “adecuada” para el bajo rendimiento o la inadaptación del individuo a los requerimientos del sistema productivo.

   Es en ese momento cuando aparece la petición de informe y el centro de salud (especialmente en salud mental) deja de ser el proveedor de sentido para el malestar individual y se ve forzado a adoptar el papel añadido de “objetivador” o “certificador” de aquellas heridas que ni sangran ni dejan hematoma. El informe se convierte en una representación física del sufrimiento psiquico, un fetiche.

  Esta demanda de “pruebas” que documenten algo tan esquivo como la subjetividad de un individuo es coherente con las exigencias crecientes de nuestro modelo de organización social-laboral: las relaciones antes “sólidas”, constituidas en torno a empleos fijos, confianza entre empleado-empleador, etc... ahora deben venir mediadas por testigos imparciales que eviten la picaresca de unos pocos, inasumible como temida fuente de ineficiencia. Por otro lado, cada vez existe mayor temor a las repercusiones legales por un resultado desafortunado o una desgracia. Por ello, ante cualquier atisbo de duda, el informe se solicita como una búsqueda del riesgo cero, un documento que certifique que se puede dar un paso en este o aquel sentido. 

   Por otro lado, el funcionamiento burocrático basado en la cumplimentación de solicitudes y entrega de documentos oficiales, fotocopiados, compulsados... parece cumplir un papel limitador en sí mismo. Si bien existe un componente inevitable de rigidez organizativa en la administración (pues, se diga lo que se diga, los seres humanos odiamos los cambios no buscados) las tecnologías de la información permitirían simplificar enormemente los procedimientos administrativos, si no fuera porque probablemente actúan como filtros para una demanda imposible de satisfacer acorde a lo reconocido legalmente. El problema obvio al final es de equidad. Precisamente es la gente más desfavorecida quien antes suele desistir en sus demandas de protección social, pues tienen menos dinero o medios para dedicar a este proceso para nada sencillo. Esto, en la práctica, constituye una deserción del papel de garante social que se le supone al Estado en nuestro entorno.

   Un último factor creemos que aumenta (y lo hará cada vez más) la deseabilidad de los informes tiene que ver con un progresivo cambio en los valores que organizan la conducta deseable en cualquier sociedad. En un contexto de avance insidioso de la ideología neoliberal (individualismo meritocrático y desregulación estatal de las interacciones económicas), las personas tienden a sentirse cada vez más culpables de su sufrimiento, para regocijo de otros actores con pocas ganas de ampliar el foco y reconocer la parte que éste tiene de sistémico o colectivo.

"They live". Alive Films - © 1988. La ideologia se encuentra implícita en los modos de vida, aunque se niegue su presencia.
    Las molestias físicas y el sufrimiento psíquico cada vez más son vistas como un fracaso personal. Vacíos los confesionarios de las iglesias, la consulta (con su secreto profesional) se erige como el lugar seguro donde llorar sin ser juzgado. El centro de salud se convierte en el único espacio donde se admiten los lamentos de las personas a quien la vida les ha torcido el brazo.

  Además, como exponía Jonathan Haidt en referencia al aumento de las denuncias por microagresiones (étnicas, culturales, de género) en los campus universitarios americanos, cada vez gana más fuerza lo que algunos llaman la cultura del victimismo. Si bien hace siglos las ofensas sufridas eran saldadas por medio de la acción personal, muchas veces violenta (cultura del honor), para más tarde ser sustituída por la reclamación del uso de la fuerza por parte del aparato estatal (cultura de los derechos); desvirtuada la opción violenta y abandonados a nuestra suerte por parte del estado claudicante, sólo nos queda exponer públicamente nuestra condición de víctimas para así aglutinar capital social que nos defienda o nos vengue.

    Quizás detrás de esta deriva de valores se encuentre el progresivo éxito de los libros sobre personas "tóxicas" o la simplificación de los conflictos humanos en la dicotomía de víctimas y verdugos. En este contexto el informe cada vez más será el trasunto de la cicatriz psíquica, la demostración de que somos víctimas de las agresiones de un mundo indiferente, ciego y sordo.

"Modern Times". © 1936 - Warner Bros. All rights reserved.
   Al final el resultado es que los psiquiatras probablemente hacemos más informes que recetas y uno se pregunta: “¿somos médicos o certificadores, o es que en realidad es la misma cosa?”

Otras preguntas que valdría la pena hacerse:
· ¿La tendencia es continua o se ha acelerado durante los peores años de la crisis?
· ¿Existen diferencias de edad significativas entre los solicitantes y no solicitantes de informes?
· ¿Sucede algo similar en países sin un estado del bienestar fuerte?, ¿en qué formas se da esta defensa del individuo en EEUU, por ejemplo?
· ¿Se le piden más informes al psiquiatra que a otros especialistas médicos? Si es así, ¿por qué?

domingo, 9 de octubre de 2016

Si las cosas me van bien, ¿por qué tengo tan baja autoestima?

De entre los motivos por los que las personas vienen a consulta, la sensación de tener una autoestima insuficiente o dañada es uno de los más frecuentes.

Aunque solemos pensar que la baja autoestima se debe a la acumulación de fracasos, esto no es necesariamente así. Muchas de las personas que sienten dudas acerca de su propio valor son exitosas en áreas importantes de su vida, como los estudios, el trabajo, las amistades...

Y sin embargo pueden sentir esa sensación callada y persistente de que algo falla, de que hay algo en ellas que no funciona y no las hace dignas de aprecio.

Ilustr. Serie Jungle, por Maja Wronska

1. ¿Cuándo se empezaron a torcer las cosas?


Todos nacemos con un determinado temperamento (tendencias congénitas a la hora de reaccionar ante las situaciones que el mundo nos presenta) y sobre este temperamento vamos construyendo un carácter (aprendizajes que se incorporan a lo largo de la vida y se automatizan en forma de hábitos a la hora de sentir, pensar y actuar).

El temperamento explica que, por poner un ejemplo, a igualdad de padres y similitud en el estilo de crianza, dos hermanos puedan acabar siendo tan diferentes. Quizás uno de ellos necesitaba un contacto mucho más intenso con la figura de apego. Quizás el otro era más autónomo y se le podía dejar más tiempo con sus juguetes. Quizás uno era más sensible al malestar y lloraba a menudo, irritando a sus padres. Quizás cuando sentía miedo o lloraba los demás se angustiaban tanto que preferían calmarle cuanto antes, enseñándole a no arriesgar, a no meterse en situaciones nuevas o difíciles.

Otras veces los primeros años transcurren con completa normalidad hasta que, con más edad, llega el momento de encajar con nuestros iguales. Una peculiaridad física, un día de mala suerte o, simplemente, el hecho de estar un poco más apartado del resto porque nunca se necesitó tanto el contacto con los demás, son circunstancias que pueden hacer caer a plomo el peso de la mirada de los otros. Y pocas cosas paralizan más que la mirada del grupo señalando a quien está en mayores dificultades para conseguir lo que la mayoría ansía: entrar, encajar, pertenecer.

No siempre es fácil rastrear las raíces de la baja autoestima, o sí descubrimos su origen éste suele quedar demasiado lejos como para poderlo cambiar. Pero a todos nos toca seguir viviendo. ¿Cómo afrontar esta situación si uno siente que parte con desventaja?

2. Si hago esto me sentiré mejor...



Ilustr. Serie Jungle, por Maja Wronska.
Ante este dilema (intentar encajar cuando uno siente que algo falla), las estrategias que cada persona puede desarrollar son muy variadas:
Hay quien toma la decisión de declararle la guerra al mundo, despreciando de forma más o menos activa lo que suelen tenerse por valores socialmente aceptados.
Otras personas buscan el aislamiento. Se encierran en su habitación y pasan a relacionarse de forma selectiva a través de internet, centrándose en consumir productos de entretenimiento.
Y están los que se centran en mejorar algún aspecto concreto de ellos mismos, con el fin de sentirse mejor.

No es que haya una estrategia mejor que otra a priori, pero sí es cierto que, de las tres mencionadas, la tercera quizás sea la más peculiar. Puede sonar extraño, pero a veces centrarse en la mejora de uno mismo puede llegar a ser un problema. Uno de sus peligros potenciales es que suena bien, es un proyecto que en principio nuestro entorno apoyaría ¿Qué puede tener de malo querer mejorar?

Si partiéramos de la seguridad basal que proporciona un cierto amor por uno mismo no habría demasiado problema. Pero para determinadas personas se convierte en un peligro, pues se trata de una vía condicionada hacia la autoestima.

En algún punto del camino interiorizamos lo siguiente:

“Si consigo esto... gustaré más”.

Los ejemplos son prácticamente infinitos:

· Mejorar el aspecto físico (gimnasio, dietas, maquillaje, ropa de marca...)
· Volcarse en la vida académica o laboral (ser la mejor, el número uno)
· Intentar agradar a los demás a toda costa (ser el más ocurrente, o la mejor amiga)
· Evitar el conflicto o la expresión de las propias necesidades (no tener enemigos)
· Tener muchas relaciones de pareja o romances breves
· etcétera

Black Swan. Copyright, Fox Searchlight Pictures. 2010.




Nuestro deseo de encajar, de ser queridos y apreciados, ese objetivo tan deseado, puede ir impregnando paulatinamente con un matiz positivo aquello que hemos convertido en su supuesta puerta de acceso. Es decir, asociamos el bienestar a un paso intermedio. De esta forma la conducta es la que nos pasa a proporcionar un cierto bienestar. La hemos condicionado:

Si como menos, o pierdo peso, me siento mejor.
Si voy al gimnasio, me siento mejor.
Si consigo tener una cita con alguien, me siento mejor.
Si saco otro sobresaliente, me siento mejor.
Si asciendo en el trabajo, me siento mejor.
Etcétera

A medida que la conducta se convierte en hábito, gana inercia por sí misma. El objetivo final por el que empezamos a desarrollarla (que nos quisieran) va quedando poco a poco olvidado, como un sendero que se va cubriendo de tierra y hojarasca. Hasta que le perdemos la pista.



3. Cimientos frágiles. Una lucha constante.


Cuando esto ocurre durante años podemos llegar a encontrarnos con que somos excepcionalmente buenos en uno o dos aspectos (somos muy atractivos, o unos trabajadores enormemente reconocidos, o personas que caen absolutamente bien a todo el mundo...) Pero todo esto se sustenta en una autoestima frágil, como si muy en el fondo uno supiera que el bienestar alcanzado no es permanente, y que uno debe seguir invirtiendo muchos esfuerzos en reforzar continuamente estos endebles cimientos.

La duda puede surgir cada cierto tiempo. Si las cosas me van bien, ¿por qué me siento tan mal? Las personas con baja autoestima se sienten inseguras pero aprenden a disimular su malestar. No es raro que los demás tiendan a pensar que se encuentran frente a una persona con grandes cualidades. Pero con el tiempo, será inevitable detectar unas ciertas señales, diferentes formas en que esta fragilidad se manifiesta a lo largo del tiempo:

Ilustr. por Sergio Albiac
· Sentimientos de celos frecuentes y enormemente dolorosos.
· Importante sufrimiento ante cualquier comentario negativo de los demás.
· Tendencia a indignarse por los defectos percibidos en las demás personas.
· Sensación de ser un impostor o de que los logros propios no tienen verdadero valor.
· Tendencia a evitar las relaciones sociales, o bien comportamiento estereotipado y artificial.
· Mayor consumo de sustancias o práctica de actividades absorbentes para olvidarse de todo.

Este malestar puede llegar a soportarse mal que bien durante años. Pero, ¿y si quisiéramos que las cosas empezaran a cambiar?

4. Las dos fuentes de la autoestima.


¿De qué manera puede uno ir reconstruyendo su amor propio?

Existen dos formas de aumentar el aprecio por uno mismo.
Una tiene que ver con lo que uno se propone lograr a diario. La llamo la fuente interna.
La otra tiene que ver con la mirada de los demás. La llamo la fuente externa.

Para poder sentir que uno crece y se aprecia de forma genuina deben ponerse en práctica ambas formas, cuanto más mejor, de forma equilibrada. Aunque nos convirtamos en expertos en una de estas formas, si la otra falla, la autoestima seguirá maltrecha.

  • La fuente interna tiene que ver con los valores, los objetivos y los logros.
Ilustr. Serie Jungle, por Maja Wronska.
Desde niños nos vamos enfrentando paulatinamente a situaciones que, al principio, nos suponen un desafío, pero que poco a poco vamos dominando e incluyendo en nuestro repertorio de habilidades. Cualquier persona que haya aprendido a montar en bici recordará lo complicado que parecía al principio, y lo sencillo que acaba resultando para el resto de la vida.

Siempre que nos plantamos ante un reto que implica una cierta dificultad sentiremos dudas, un cierto miedo, una preocupación ante el posible fracaso. Esta sensación, para algunos, es muy estimulante, y les lleva a buscar desafíos cada vez mayores durante toda su vida. Para otros esta sensación es moderadamente desagradable, soportable. Hay a quien se le hace todo un mundo.

Sea como sea, si decidimos afrontar estas situaciones difíciles, cuando triunfemos saldremos reforzados. Ganaremos en seguridad. Aumentará nuestra sensación de valía y nuestra responsabilidad (la capacidad para asumir las consecuencias de nuestros actos). Si las más de las veces declinamos, evitamos, posponemos, entonces la próxima vez nos sentiremos igual de impotentes. Quien evita los retos más veces de las que los afronta permanece en la inmadurez.

Por eso los objetivos que nos propongamos son importantes, porque nos dejan un poso.
Hay que saber elegir su dificultad: ni tan fáciles que no nos aporten nada, ni tan difíciles que nos condenemos a la frustración, por irreales. Debemos sentirnos un poco desafiados.
Es bueno que afrontemos objetivos de forma frecuente, a diario, cuantas más veces mejor.
Y debemos comprobar que están en consonancia con lo que nos importa. Detectar cuáles son verdaderamente nuestros objetivos y cuáles hemos asumido por deseo de los demás, ya que esto influirá en nuestra disposición a esforzarnos. Ahí es donde uno debe revisar si los objetivos que se propone van acorde con sus valores o los de otra persona.

Pero como decíamos, uno puede ser una persona exitosa, es decir, con grandes logros acumulados y la autoestima por los suelos. Por eso nos queda hablar del punto más importante.


  • La fuente externa, que es la más complicada porque implica lo que normalmente más nos afecta: la mirada de los otros.
Ilustr. Serie Jungle, por Maja Wronska.
Decíamos antes que, cuando condicionamos el bienestar a una conducta (“si hago esto, me sentiré mejor”), normalmente lo que estamos haciendo es dedicar enormes esfuerzos a ofrecer una imagen lo mejor posible a los demás, en la esperanza de que así nos quieran o nos aprecien.


De la misma forma aumenta la necesidad de ocultar o disimular las partes que consideramos peores de nosotros mismos.


Este constante “retoque” de la imagen que le ofrecemos a los demás, además de resultar agotador, nos arrebata precisamente lo único que es capaz de reparar la autoestima:


La experiencia profunda de que, mostrándonos tal cual somos, en lo bueno y lo menos bueno, aún podemos ser apreciados, queridos, amados por alguien.

Es esta experiencia, vivida a menudo, a diario, durante años, la que permite que los miedos se vayan apagando y que el amor propio se vaya fortaleciendo.

No resulta fácil dar el salto. Mostrarse sin trampa ni cartón implica dejar de poner en práctica habilidades en las que quizás nos hayamos convertido en expertos y por las que los demás nos conocen e incluso admiran. Tiene mucho de renuncia. Conlleva aprender a convivir de verdad con nuestros complejos y temores, sin ocultarlos. Compartiéndolos para descubrir que, en realidad, no estábamos tan solos. Llevará tiempo, porque el condicionamiento sólo pierde fuerza si lo dejamos aparcado mientras pasa el tiempo y pasamos a vivir de forma genuina.

Pero si superamos ese miedo, si nos atrevemos, quizás empecemos a construir algo verdadero.


Al fin y al cabo, como dijo en cierta ocasión Hellboy

“Apreciamos a la gente por sus virtudes, pero solo llegamos a quererla por sus defectos”.
@JCamiloVazquez


miércoles, 29 de junio de 2016

Terapia de grupo. Manual de supervivencia.

 Si por algún motivo te han planteado la posibilidad de ir a terapia de grupo, es posible que te estés imaginando algo así:

Devianart; Ilustr. by shapesofabullet
· un círculo de sillas muy amplio
· mucha gente cariacontecida
· una presentación estereotipada y alienante
· un ambiente que no invita a la alegría

Para quien no ha participado antes de ningún grupo de terapia es casi inevitable que le acuda esta imagen a la mente, ya que en general conocemos la terapia de grupo a través de las películas (normalmente dramas) o en todo caso de oídas.

En España, además, resulta que la terapia de grupo no ha tenido mucha presencia hasta hace unos años, si exceptuamos el tratamiento de las adicciones. Por este motivo, cuando le ofrecemos la posibilidad a alguien de incorporarse a un grupo de terapia, no es raro que nos pregunte: “¿como alcohólicos anónimos?”

Suele ocurrir que, aunque le aclaremos al paciente que el modelo de Alcohólicos Anónimos funciona muy bien en su campo, pero que hay otros modelos, es inevitable que sigan quedando dudas en torno a la idea de empezar a ir a terapia de grupo.


¿Cuáles son las principales preocupaciones que nos comentan en consulta?
  • ¿No me hará sentir peor el escuchar los problemas de otra gente?
  • ¿No es más efectiva o “concentrada” la terapia individual?
  • Si voy, ¿encajaré en el grupo? ¿Seré aceptado/a?
  • ¿Seré capaz de conectar con alguien o me verán como un bicho raro?
  • ¿Habrá gente que esté muy mal?
  • ¿Seré yo el/la que esté peor?
  • ¿Cuáles son las normas?
  • ¿Se atenderán mis necesidades?

Ilustr. vía: http://williamsburgtherapygroup.com/
Todas estas dudas son completamente normales, y a cualquier persona que haya pasado satisfactoriamente por una terapia de grupo le resultarán familiares estos miedos previos a la misma. Todas ellos van desapareciendo conforme uno se incorpora y van pasando las sesiones.

Cuando imaginamos un futuro y sentimos miedo, tendemos a ponernos en lo peor. Sin embargo, la gente que encontraremos en el grupo será muy parecida a nosotros mismos. Porque aunque nos diferenciemos en los detalles, las personas compartimos lo fundamental. Además, el terapeuta se encarga de conformar el grupo pensando en un objetivo común: descubrir y cambiar las dificultades de relación que sufrimos con nosotros mismos y con los demás.

En este video, el psiquiatra y terapeuta Irvin Yalom, en cuyo modelo de terapia interpersonal basamos nuestros grupos, explica cómo se selecciona a los integrantes de un grupo para que éste pueda ser más productivo:



La misión del terapeuta, como vamos viendo, no es tanto lanzar intervenciones reveladoras ni tener un papel protagonista. El terapeuta convoca a los participantes y crea un espacio de seguridad, favorece que el clima sea de apoyo, evita las distorsiones y se asegura de que se cumplan las normas. Conduce la terapia y facilita el intercambio.

Eso no quiere decir que “recibamos menos terapia”, más bien al contrario. Para las dificultades de relación precisamente lo que necesitamos es poder relacionarnos. Parece que nos sentimos mucho más cómodos en el refugio de la terapia individual, donde quizás ya llevamos un tiempo con nuestro/a terapeuta y sabemos que nos va a cuidar. Pero esa sensación de comodidad también tiene la contrapartida de que no estamos desafiando nuestros hábitos. La terapia individual en estos casos se convierte en algo así como un piano de dos notas, con un registro muy limitado. En el grupo podemos tocar con todas las teclas.

En una entrada anterior enumeramos todos los factores que explican la eficacia de la terapia de grupo. Si tuviéramos que resumirlos en un frase lo haríamos de la siguiente manera:

La terapia de grupo sirve como un laboratorio donde experimentar de forma controlada con formas nuevas de actuar, o un gimnasio en el que poder entrenar y fijar hábitos que nos hagan menos daño.

No es lo mismo comprender que empezar a cambiar. Muchas personas sienten que se atascan después de tiempo yendo a terapia de forma individual. Entienden lo que les pasa, pero una y otra vez acaban cayendo en los mismos problemas. La terapia de grupo nos ofrece una oportunidad inigualable, no sólo para terminar de comprender, sino para empezar a cambiar.



Si estás interesado/a en la terapia de grupo puedes llamar al 91 542 58 42 que es el teléfono del Centro de Psiquiatría y Psicología Plaza de España, en Madrid. Allí, desde enero de 2016 conduzco un grupo de terapia para dificultades de relación.


@JcamiloVazquez

viernes, 3 de junio de 2016

4 razones por las que leer al tipo de las gafas

Desde luego la editorial Blackie Books ha hecho bien su trabajo. Primero captaron mi atención con esa mirada perdida entre colores. Luego me topé con esto:

Me violaron a los seis años.
Me internaron en un psiquiátrico.
Fui drogadicto y alcohólico.
Me intenté suicidar cinco veces.
Perdí la custodia de mi hijo.

Pero no voy a hablar de eso.
Voy a hablar de música.
Porque Bach me salvó la vida.
Y yo amo la vida.”

Tardé unas semanas en digerir este puñetazo en forma de sinopsis, y luego devoré el libro. Por eso hoy me gustaría compartir las cuatro razones por las que creo que vale la pena leer esta autobiografía, la del pianista británico James Rhodes.



Habla de lo que no se suele hablar.
El libro es al tiempo una purga personal y una muestrario de las graves secuelas que puede tener el maltrato en la infancia, del cual el abuso sexual es probablemente su variante más atroz.

Rhodes nos habla en primera persona del miedo, del asco, de la confusión y finalmente la vergüenza que se apoderan de quien sufre abusos a edades tan tempranas, cuando todo está por construir. También de la absurda cantidad de síntomas y diagnósticos que pueden ir fraguándose alrededor de este núcleo de dolor.

Y nos lo cuenta obligándonos a mirar. No haciendo abuso de detalles escabrosos e innecesarios, sino cortándonos la huida tan común a través de la excusa de que “sólo las víctimas lo pueden entender”. Porque probablemente esté en lo cierto cuando afirma que, si queremos verdaderamente tener algún motivo para hacer algo, algo valioso, deberemos sentir aunque sea una pequeña parte de el horror. Al mismo tiempo, él es la única persona legitimada para proponérnoslo.

Lo dice alto y claro.
Instrumental no es un ejercicio de estilo literario. Eso se capta desde la primera página. Tampoco lo pretende. La prosa de “Jimmy” es una mezcla extrañamente cercana y atractiva, un festival de tacos sazonado con reflexiones personales y algunos comentarios de altura sobre la experiencia estética y el negocio de la música.

Se agradece que nos hable como lo haría un colega, y aquí quisiera reivindicar los tacos y los exabruptos. Cuando las palabras se quedan cortas porque uno quisiera usar propias sus entrañas para emborronar el papel (o las paredes) y así transmitir una minúscula fracción del sufrimiento propio, lo único que nos acerca mínimamente a conseguirlo es blasfemar y maldecir sin tapujos.

Y poca gente sale bien parada del lance. Teniendo en cuenta el subtítulo original de la obra “A memoir of Madness, Medication and Music”, es de esperar que los profesionales de la salud mental nos llevemos algún palo, lo cual ocurre en ocasiones de forma merecida, mientras que en otras no tanto, pero en todas de forma comprensible. Lo cierto es que, si pretendemos atender el sufrimiento de las personas, deberemos tener el aguante de escuchar cosas que no nos guste oír, por mucho que sepamos que les deseamos lo mejor y creamos que estamos ayudando. Por que en ocasiones no es así. Nada es fácil.

Una esperanza sincera.
Necesitamos más historias que nos hablen de esta posibilidad, pequeña pero inspiradora. La de llegar a estar a las puertas del suicidio y  dar con alguna pequeña clave que poco a poco le devuelva sentido a este zarandeo que llamamos vida. En el caso de James Rhodes esa clave fue la música clásica.

Por supuesto se trata de un camino propio, lo cual no quiere decir que sea “El Camino” a transitar por todos los que ansíen recuperar alguna traza de sentido. Se trata del suyo, aunque de él podamos sacar algunas enseñanzas. Hay algo mágico en la música que atañe a las emociones y a las relaciones humanas. Aparentemente inofensiva, la buena música permea y hace vibrar fibras de nuestro ser que quizás lleven tiempo aturdidas. La música se trata de una de las pocas obras humanas capaz de crear puentes entre las gentes más diversas, en lugar de destruirlos. Puede llegar a ser, y este libro es claro ejemplo, una especie de medicina.

Otro elemento crucial en el doloroso proceso de Rhodes tiene que ver con la sinceridad. Parece trivial afirmar que las cosas que más ama en esta vida son el tabaco, el piano y su hijo. Sin embargo se trata de algo que me conmueve de forma especial. Este tipo de honestidad (o su ausencia) determinan decisiones fundamentales. Rara vez nos encontramos con reflexiones tan agudas y honestas sobre la manipulación, la trampa del victimismo, el papel de las autolesiones como una forma de alivio... La ausencia de autocompasión en la descripción de sus sufrimientos transmite una serenidad palpable, que desde mi punto de vista le da el sello de validez al conjunto. Una postura distanciada o excesivamente racional me haría desconfiar enormemente de esta historia, y sin embargo sé que cuando nos habla de sus múltiples fallas y errores como humano, está asumiendo con calma gran parte de todo eso que, en general, solemos pasar la vida intentando ocultar.

Derrumba el estigma
Unas palabras para terminar hablando de algo que nos obsesiona a los profesionales de la salud mental y que normalmente contribuimos a empeorar. Con estigma nos referimos a esa mezcla de miedo, prevención y conmiseración que sentimos hacia los que creemos diferentes a nosotros por estar diagnosticados o etiquetados con algún tipo de trastorno mental.

Cada año, diferentes asociaciones proponen actos para acercar a la gente a la realidad de los “diagnosticados”, cuando no tendríamos más que acercarnos a nosotros mismos. Cada año repensamos si emplear la metáfora de las enfermedades crónicas tipo diabetes ayuda o complica más las cosas.

Sin embargo soy de la opinión de que una de las vías más eficaces para hacer entender pasa porque las personas con algún tipo de relevancia social o exposición mediática, “hablen de lo suyo”. En cierta forma la imagen que tenemos de un “Trastorno Bipolar” o “una Esquizofrenia” cambia, aunque no lo parezca, si nos enteramos de que lo padecen Catherine Zeta-Jones o un premio Nobel de economía como John Nash. El que una persona de cierto éxito supere los propios reparos y “salga del armario” de esta manera es lo que verdaderamente supone un cambio.

En definitiva, Instrumental es un libro más que recomendable. Y además nos regala la música.

· Y aquí un enlace a la promo del documental en que lleva la música a una planta de psiquiatría para disfrute de las personas allí ingresadas.

@JCamiloVazquez